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Como muchos esperábamos ansiosamente, ha vuelto John McClane, que representa posiblemente el último héroe de acción carismático que resta (a la espera de la venidera John Rambo, que habrá que ver lo que ofrece). Doce largos años desde la tercera parte, y nada menos que 19 desde la primera se han dejado notar en esta, puede que última, secuela, como así lo atestigua, entre otros, la calvicie de Bruce Willis.
A día de hoy, el detective John McClane (Bruce Willis) vuelve a estar separado de su mujer, y su hija Lucy (Mary Elizabeth Winstead) le odia. Tras una discusión con ella, a McClane se le ordena detener para su interrogatorio a Matt Farrell (Justin Long), un famoso hacker, debido a una serie de delitos informáticos contra el país. En realidad, se trata de un ataque terrorista contra todas las infraestructuras regidas por ordenadores, incluyendo transportes, bancos, luz y agua a cargo de Thomas Gabriel (Timothy Oliphant), que genera un caos sin precedentes en todas partes. Matt es un cabo suelto al que tienen que eliminar, pero McClane, como siempre, llegará al sitio menos adecuado en el momento más inoportuno.
En realidad, la peli se sustenta casi exclusivamente en el carisma de John McClane, que es más viejo y más cínico, incluso puede que un punto amargado. Pero (afortunadamente), en vez de que el guión profundice en McClane, es el puño o las balas de McClane los que se dedican a profundizar en los malutos. Así, Willis fulmina terroristas a golpe de punch line (bastantes menos que en otras ocasiones) y su típica risilla socarrona, mientras Long le sirve de contrapunto.
Los fans de la saga reconocerán enseguida algunas referencias a anteriores partes, y puede que también se sorprendan de que esta vez, el compañero/apoyo de Willis sea blanco. Si bien resulta difícil creer que esto oculte algún tipo de mensaje subliminal, sí que se agradece que así nos hayan evitado al clásico “rapero-metido-a-actor”. En realidad, ante la presencia de Willis en pantalla, todos son meros comparsas, ya se trate del malo malísimo o de su feroz secuaz Mai (Maggie Q), con la que tiene el único enfrentamiento cuerpo a cuerpo que conserva algo de la energía de las anteriores entregas.
El esquema es el habitual, con explosiones, persecuciones y tiroteos crecientes en intensidad y exageración, hasta llegar a límites insospechados. Sin querer destripar la trama, hay momentos que recuerdan no sólo a Terminator 2: el juicio final, sino incluso a Mentiras arriesgadas, caza de por medio y todo. Si hay una quinta parte, acabarán necesitando echar mano de la Estrella de la Muerte. Aún así, a causa de la calificación PG-13, la violencia es mucho más light, y el vocabulario de McClane menos florido, aunque el doblaje sí se ha portado y mantenido el “Yippee-ki-yay” íntegro.
No sé en dónde encaja exactamente con las demás en calidad, pero al menos resulta pareja en entretenimiento y espectacularidad, y gracias a Willis, algo de la esencia original se mantiene, aunque sea a costa de un McClane indestructible. Y que dure.
Valoración: buena.
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